Ella tenía unos ojos claro como el agua y brillantes como las chispas. Ella se tragaba mil lágrimas al día y las contenía con sus pestañas largas y onduladas.
Ella tenía una risa contagiosa y delicada. Oportuna y sincera.
Ella fumaba cigarro o puro y le gustaba tener a mano un martini seco, un caballito de tequila o un whisky.
Ella vivió intensamente y sin miedo. Vivió queriendo y siendo querida y defendió sus amores sin tener nunca que alzar la voz.
Siempre festejó sus cumpleaños con eventos impresionantes a donde uno se sentía halagado de ser invitado. Podían no ser multitudinarios, ni ostentosos, pero siempre contaban con el ingrediente de sorpresa, de chispa, de energía que la caracterizaba y no había forma de no sentirse homenajeando la vida en persona.
Ella amaba vivir y nunca tuvo miedo a envejecer.
Ella viajo como pocas personas. Visitó cualquier lugar que desearan ver sus ojos y aprendió entre tanto privilegio a disfrutar las cosas sencillas. Podía lucir igualmente hermosa en un vestido de noche, en un traje sastre o con sus jeans y ropa de manta, disfrutando la fresca brisa de Malinalco.
Ella era una persona culta de una plática interminable.
Sus relatos de su infancia me entretenían y alarmaban, al darme cuenta, como una pequeña personita pudo volcar la vida de más de 10.
Ella hizo siempre su voluntad y tomó la vida en sus manos.
Ella luchó cuando tuvo que hacerlo y cuando se rindió lo aceptó en una pieza.
- “Ya no quiero” - fue su forma de expresar que sabía la batalla perdida.
Y aún así nos hizo creer que la convencíamos, que lucharía, que se aferraría a la vida con su peculiar entusiasmo. Nosotros fuimos unos tontos al no ver que la magia que ella proyectaba, era precisamente su liviandad y su poca pertenencia a la Tierra.
Ella tuvo acuerdos con lo Divino que ni los médicos podrían explicar.
Ella nos lo avisó con tiempo y seguramente se sorprendió en silencio al ver que no le creímos. Se despidió de quienes sentía más pegaditos al corazón y aún pasó por la casa a tomarse un último trago.
Entre risas y carcajadas nos relató su fiesta de XV años con un grupo de rock en la sala de la Abuelita y la forma como evitó cualquier castigo. Nunca repitió una misma anécdota y siempre llenaba cualquier espacio con su presencia.
Se despidió con un fuerte abrazo de cada uno, pero con un cuerpo ya muy flaco y cansado…
Vió a los ojos a mi madre y sin titubear le dijo: “He sido feliz”.
Y a pocas personas les suena tan sincera esa frase en el rostro. No había otra forma de que ella pasara por esta vida, si no era siendo feliz.
Y tal como lo anticipó, se fue…

Hoy hubieras celebrado 60 años.
Hoy tu ausencia se me coló brevemente en el pensamiento.
Hoy te dedico una sonrisa y haré de este día un homenaje a la vida… A la que con tanta fuerza nos enseñaste a amar.
Ella era LA GÜERA.
*Evidentemente la foto la baje de fotosearch y no es La Güera, pero así es como me gusta recordarla.
3 comments:
Me sorprendió mucho descubrir a "La Güera en tu relato". Más aún después de haberla conocido y convivido. Pero es verdad que tú has sabido detectar aristas en la personalidad de la gente desde muy chica y el que nos las compartas nos abre los ojos hacia la riqueza que ellas mismas encarnan.
Gracias por recordarme a la Güera. Gracias por haber hecho tuya su intensidad.
Saludos!
Entrañable descripción. Esperamos que nuevas letras fluyan por aquí ¿eh?
Abrazos Centrífugos!
Jorge, te confieso que a mi también me sorprende.. jeje... Creo que cuando le damos un poco de distancia a las cosas en las que estamos metidos, regresan con nueva perspectiva y así me ha pasado ahora que pienso en ella...
Centri, claro que hablrá más letras... paciencia, que ya vienen.. jeje
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